Murió Horacio Coppola, adiós a los “ojos del siglo XX”

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A los 105, se fue el gran maestro de la fotografía local; fue un vanguardista y mostró como nadie a Buenos Aires

Fue un “vencedor” del tiempo y uno de los maestros indiscutidos de la fotografía argentina. Por eso, en los últimos años, al legendario fotógrafo porteño Horacio Coppola lo habían bautizado los “ojos del siglo”. Con su asombrosa vitalidad se había impuesto a la centuria y trascendido nada menos que el siglo XX.

Pero ayer, pasadas las 0.30, serenamente su vida se apagó. Coppola murió mientras dormía en su departamento de Esmeralda y Libertador, en Retiro. Tenía 105 años.

Acompañado por su círculo más íntimo, sus restos fueron inhumados por la tarde en el Jardín de Paz. Sara Facio, Aldo Sessa, Ricardo y Alicia Sanguinetti, Luis Príamo y Facundo de Zuviría, entre otros fotógrafos amigos, rindieron ayer el último tributo a ese gran cronista de la ciudad y poeta visual del siglo XX.

Vital, alegre y sonriente, como muchos siempre lo recordarán, Coppola se aprestaba a festejar un año más de vida el 31 de julio, cuando, súbitamente, su salud se deterioró. Una neumonía lo había obligado a permanecer 10 días internado, pero había logrado sobreponerse a la enfermedad.

Coppola fue ante todo un infatigable flâneur que recorría las urbes buscando la situación y la luz perfecta para sus tomas, realizadas indefectiblemente con su Leica.

El menor de seis hermanos en una familia de inmigrantes genoveses de buen pasar, había aprendido todo cuanto sabía del métier de su hermano Armando. Pero antes de que la fotografía se convirtiera en su pasión, Coppola soñaba con dedicarse al cine, y así fue como fundó el primer Cine Club que tuvo Buenos Aires, en 1929.

Entusiasmado con la experimentación de las vanguardias, en los años 30 se estableció en Berlín para empaparse de lo nuevo.

Pero como Brassaï para las noches parisinas o Bill Brand para las escenas londinenses, será siempre identificado con la fisonomía de Buenos Aires de los años 30. Una etapa de estéticas en pugna que lo cautivó y en la que ahondó en la fusión de la arquitectura afrancesada y el racionalismo que asomaba en las calles porteñas. Dejó testimonio de todo ello a partir de sugerentes perspectivas elevadas y tomas cenitales que siempre acentuaban los puntos de fuga, las geometrías y la “rigidez” de ángulos. Se colaban también otros registros más líricos.

Formado en la escuela de fotografía de la Bauhaus, que entonces dirigía el matemático Walter Peterhans, Coppola conoció allí, en Berlín, a la que sería pronto su primera mujer: la notable fotógrafa Grete Stern.

Ante el avance del nazismo y el cierre de la escuela en 1933, introductora de las vanguardias, la pareja debió abandonar Berlín y se instaló en Londres. Esa ciudad actuó como un centro de operaciones para una obra “móvil” que se desplegaría luego en otras ciudades para mostrar personajes, ambientes, situaciones, talleres de artistas como los de Marc Chagall y Joan Miró y obras de arte de la Europa de entreguerras. También, a partir de una trilogía de documentales y miles de instantáneas que, como Cartier Bresson, capturaban el momento justo.

En 1934 Coppola estrenó su primer documental: Traüm, una indagación de tono bien surrealista sobre los sueños, filmada en las calles berlinesas. Capturó luego el febril serpenteo del río parisino en Un puente en el Sena y al año siguiente estrenó Un domingo en Hampstead Heath, en las afueras de Londres.

Aunque trabajaba para la revista francesa Cahiers d’Art y por ello sus viajes eran frecuentes, decidió radicarse con Stern, con quien tuvo dos hijos, en Buenos Aires.

El intendente Mariano de Vedia y Mitre fue el que le encomendó su trabajo más emblemático: retratar la ciudad cuando se acercaba el cuarto centenario de su primera fundación. Así nació Buenos Aires, 1936, la antología de sus imágenes porteñas más célebres, en formato libro y con textos de Alberto Prebisch.

Amigo de Borges, Xul Solar, Guttero, Martínez Estrada, de Victoria Ocampo y gran parte de los colaboradores de Sur, dejó su impronta en esa revista. Borges le pidió dos imágenes suyas palermitanas para incluir en la primera edición de Evaristo Carriego. Se trata de los registros de una esquina de Jean Jaurés y otra de Paraguay al 2600.

“Caminar por Buenos Aires era una forma de conversar y una manera de cultivar la amistad”, confesó alguna vez a LA NACION Coppola, sobre sus febriles peregrinajes junto a Borges por la ciudad. “Veíamos la ciudad como un paisaje escurridizo en el que había que estar atento a sus personajes, a sus objetos fortuitos en los que si uno sabe mirar encuentra mil formas insólitas.”

Luego de la edición del libro Imagema, que reúne su obra fotográfica desde 1927 hasta 1994, cuando guardó su Leica, Coppola tuvo varias muestras retrospectivas de su obra aquí y en Valencia, y el mercado consagró su imágenes. Su marchand, Jorge Mara, fue importante en esa empresa.

Fuente: Texto de Loreley Gaffoglio publicado en La Nación (19/06/2012)<br>
Foto: María Eugenia Cerutti

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Documental de 20′ realizado en España en ocasión de una restrospectiva.<br>

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Publicado el 19/06/2012 en Fotografía. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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